Hombres y máquinas

La traducción de dos de las secciones del artículo de Leopold Federmair titulado “De hombres y máquinas” y publicado el 9 de junio de 2014 en Der Standard.

Saber enlatado

Lo que los alumnos (y no solo ellos) utilizan más a menudo cuando tienen que recopilar y desarrollar información sobre un tema es la Wikipedia. En Google, la entrada correspondiente de la Wikipedia siempre encabeza los resultados de búsqueda. La entrada de la enciclopedia tiene una enorme profundidad, pero la mayoría de los usuarios se limita a tantear la superficie del sistema (además se plantea aquí la cuestión de qué se oculta en esa profundidad… seguramente haya también mucha basura). La Wikipedia podría ser una suerte para la educación de la humanidad y su empresa, una continuación y un perfeccionamiento (al mismo tiempo también una popularización) de lo que comenzaron los ilustrados franceses, los enciclopedistas, alrededor de la figura de Jacques Diderot en el siglo XVIII; y de hecho, uno se topa en Internet con numerosos artículos de la Wikipedia de una gran calidad.

Sin embargo, la Wikipedia podría no estar contribuyendo tanto a reforzar los conocimientos en la sociedad, sino más bien a que los usuarios, los consumidores de la oferta en información, confíen de forma no crítica en lo que se les ofrece, renunciando a la investigación y al pensamiento. Esto es al menos lo que se puede deducir del hábito observable entre los estudiantes. El que esto sea así no es tanto por la calidad de la Wikipedia, que resulta bastante poco homogénea, como por el medio en el que esta enciclopedia se ha desarrollado.

ImageA ello se suma la incapacidad, la desgana, bastante extendida hoy en día de determinar el origen no solo de la información, sino también de las valoraciones y conclusiones. Lo que está en Internet (¡y no solo en la Wikipedia!) es siempre lo bastante bueno para hacer un trabajo, una tesina, una publicación en Facebook o un artículo. No es de extrañar pues que los rumores y las teorías de la conspiración florezcan hoy en día con más fuerza que nunca. Y se extienden, gracias a Internet, a la velocidad de la luz.

En los años setenta del siglo pasado, Pier Paolo Pasolini profetizó en sus Escritos Corsarios una “mutación antropológica” que convertiría al pueblo llano al que él ama con empatía en objeto de la publicidad capitalista y en sujeto de un consumismo de la industria cultural. Aunque Pasolini no veía las causas de las transformaciones socioculturales en una infiltración de “sangre extranjera” (como ese político austriaco que habló de “transformación étnica”), también él temía que la mutación pudiera propagarse a la materia genética de la población de su país. Pasolini dramatizó la realidad; un observador ecuánime objetaría que la transformación étnica siempre tiene lugar, así que por qué habría que ahorrarle al “pueblo” o a solo un grupo de población los cambios sostenidos. Lo que Pasolini criticaba con buenas razones era la rápida propagación del capitalismo de consumo en todas las capas sociales.

Este proceso se aceleró todavía más con el avance técnico de la interconexión y de la digitalización global y se ahondó antropológicamente. Las generaciones que crecen con Internet y con los ordenadores portátiles se convierten forzosamente en consumidores constantes de datos, de bienes virtuales además de reales. El consumismo omnipresente y simultáneo aligera la carga del pensamiento, hace innecesaria la toma crítica de distancia, mina la memoria personal y lleva al dominio del mainstream que en otra época se hubiera denominado uniformización.

A diferencia de aquella época, se tolera la existencia de nichos y zonas marginales o mejor dicho, se los ignora y no juegan ningún papel. Aun cuando el dictamen que resulta del pensamiento de Pasolini parezca sombrío: de esos nichos sale lo nuevo, que se vale de las posibilidades abiertas por la digitalización global pero que al mismo tiempo se adhiere a los viejos fundamentos antropológicos. Es discutible si con las condiciones actuales la novedad disidente puede llegar a tener una influencia apreciable en el mainstream.

Olvido

Friedrich Nietzsche, que comenzó su carrera como historiador de la antigüedad griega, escribió un trabajo Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Según su tesis, la memoria, tanto individual como colectiva, se hipertrofia en determinadas etapas de su desarrollo y comenzaría a restringir la vida, llegando incluso al final a aniquilarla. Sin embargo, lo que importa es ser creador y causar algo nuevo. Para ello sería necesario liberarse de lo transmitido y, de forma más general, liberarse de la carga del pensamiento. Recuerdo y olvido están estrechamente unidos en la cultura predigital.

El volumen de datos hipertrófico y desordenado, que el sujeto (el consumidor) ya no es capaz de discernir y que se ha hecho indiferente puede servir para el entretenimiento, para el llamado infotainment donde se elige lo que gusta y lo favorito, pero está fuera de la dialéctica elaborada por Nietzsche. Los desmemoriados no tienen nada que olvidar. Cuando los cerebros se han adaptado definitivamente a los medios digitales, no solo es innecesaria la capacidad de recuerdo, sino también la capacidad del olvido. Se llega a una presencia permanente y simultánea de cosas indiferentes y a un trance subjetivo que se asemeja a ciertos estados de redención muchas veces alabados en la historia.

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